¡Porteo feliz!



























































 
Intimidad

¡Caricias y besos sin límite! La constante secreción de prolactina y oxitocina de la madre hace más fácil desarrollar el instinto maternal y disminuir la depresión posparto.

Confianza

El bebé se siente querido, aceptado, protegido y comprendido en sus señales de angustia, aminorando el sentimiento al abandono.

Comunicación
 Al conocer mejor a tu hijo te sentirás más segura de tus decisiones y podrás anticiparte a sus necesidades.

Seguridad
Los padres saben que cuentan con un medio seguro para transportar y satisfacer las necesidades de su bebé.

Tranquilidad

Los bebés cargados en rebozo son sociables, tranquilos y se adaptan más fácilmente a la vida familiar.

Libertad
Lograrás retomar tus actividades criando a tu bebé cerca de tu corazón y a la altura de la visión de un adulto, integrándose al mundo que le rodea




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El llanto de un bebé

Fuente: Vivian Watson

Acabas de ser mamá y seguro que ya has escuchado muchas veces la dichosa fracesita: «deja que llore, no le va a pasar nada». Ese es uno de los consejos más negativos que puede llegar a  escuchar una mamá primeriza, así que deja que te entre por un oído y te salga por el otro.Vamos a meternos en la piel de tu bebé durante un rato. Allí está, pequeñito, frágil, recién llegado a un mundo en el que todo le es desconocido, todo salvo —lo has adivinado— tú. Tú has sido su hogar durante nueve meses. Conoce de sobra los sonidos de tu cuerpo, tu calor, el olor que te define. Y sabe que es tu cuerpo lo que necesita para sentirse seguro. Es pequeñito, sí, pero ya sabe —está inscrito en su código genético— buscar el placer y huir del dolor. El placer es tu calor y tu cobijo. El dolor es la separación.


Imagina que tú eres ese bebé. Tienes hambre. ¿Cómo lo comunicas? Lloras. Si no lloraras, morirías. Lo mismo si tienes frío, o miedo, si estás incómodo, o si simplemente necesitas el abrigo de tu madre, lo único que te es familiar. Lloras. No sabes expresarte de otra forma que no sea llorando. Sabes que algo no está bien, y lloras. Lo haces porque la naturaleza te ha diseñado para que lo hagas, de la misma forma en que ha diseñado a tus padres para que acudan a consolarte.

Ahora volvamos a ti, a la nueva madre (o padre). ¿Cuál es tu primer impulso al escuchar llorar a tu bebé? Estoy segura de que no es dejar que llore para que no se «malacostumbre». Al contrario: tu impulso, aquello que harías sin pensar, es correr a consolarlo. Este impulso está inscrito en tu código genético. Si no fuera así, la raza humana se habría extinguido hace miles de años.

Y sin embargo, a los padres novatos nos bombardean con tantos mensajes confusos, tantos noes, tantas cosas horribles que le pueden suceder a tu bebé si escuchas a tu corazón y lo coges en brazos y lo acunas y le cantas, que nos hemos acostumbrado a desoír a nuestra propia naturaleza al hacer oídos sordos al llanto de nuestro hijo. Qué enferma debe estar una sociedad para que vea esto como algo deseable.

Un bebé que llora es un bebé que sufre. Que tiene una necesidad que no está siendo satisfecha. Puede que sea hambre, o frío, o que le duela algo, o que esté incómodo. O puede que, simplemente, necesite sentirse amado y protegido, que es en realidad la necesidad primaria de todo bebé, antes incluso que el alimento. No entiendo por qué nos cuesta tanto entender la necesidad de un bebé de estar en brazos de su madre. Tampoco entiendo la facilidad con la que algunas personas, al descartar que el bebé tenga hambre, frío, sueño, el pañal sucio o que le moleste la ropa, llegan a la conclusión de que no le pasa nada, de que lo hace «por molestar». ¿Y cómo pueden saberlo? ¿No resulta increíblemente soberbio de nuestra parte sacar tal conclusión sin poder leer la mente del bebé? ¿Quiénes somos para interpretar tan a la ligera los comportamientos de quien no puede defenderse?

Cuando no atendemos de inmediato el llanto de un recién nacido, no sólo estamos poniéndolo en peligro, sino que además le estamos enviando el mensaje de que es impotente, de que nada que haga hará que se satisfagan sus necesidades. Así que pronto aprenderá a quedarse calladito, y nos dirán «¿ves cómo no le pasaba nada?» Alabarán lo bueno y tranquilo que es nuestro bebé, «que no molesta», «que se queda solo en la cuna sin protestar, qué maravilla».

Esto es una verdadera tragedia. Porque entonces no sólo habremos silenciado el llanto de nuestro bebé, sino también su espíritu.

Un bebé que llora espera atención, y al no recibirla, aprende que el mundo no es un lugar seguro. Este es un condicionamiento que lo acompañará hasta su vida adulta.


¿QUÉ HACER CON UN BEBÉ QUE LLORA TODO EL DÍA?

Pero claro, hay veces en las que un bebé llora sin parar, por más que intentemos consolarlo en brazos, por más mimos y canciones, por más que esté limpio y haya comido y dormido, y esta puede ser una verdadera causa de angustia para cualquier padre o madre. En ese caso lo único que podemos hacer es seguir acunándolo y brindándole nuestros brazos, todo el tiempo que haga falta, tal como haríamos con nuestra pareja o nuestro mejor amigo (si tu amigo no para de llorar, no lo dejas llorando solo y te vas, ¿verdad?).

Pero si el bebé lleva mucho tiempo llorando, o si los episodios se repiten con frecuencia, lo mejor es llevarlo cuanto antes al pediatra, para descartar cualquier afección. Lo que sí es importante es tomarse el llanto de los bebés en serio, porque no tienen otra manera de comunicar su malestar. Al hacerlo, les estamos enviando el mensaje de que estamos allí para protegerlos, de que el mundo es un lugar seguro, de que ellos son importantes y sus necesidades también; en una palabra, les estamos diciendo que los amamos.


Siempre que hablo acerca del llanto del bebé y la importancia de tomárselo en serio, recibo comentarios que me hacen pensar que existe un gran malentendido en torno a este tema. Alguna vez me han dicho que no vivo en el mundo real, que es imposible no dejar llorar a un bebé, lo que me hace pensar que tal vez estamos hablando de cosas distintas.

En primer lugar, hay una diferencia entre bebés y niños mayorcitos.

Cuando hablamos de no dejar llorar a un bebé, no queremos decir que no hay que permitir que un bebé llore. Me explico: todos los bebés lloran, algunos más que otros, y tratar de evitar a toda costa que lo hagan no sólo es imposible sino también muy frustrante. De lo que se trata es de no dejar que el bebé llore solo. De lo que se trata es de atender su llanto y brindarle consuelo. A veces el bebé tendrá hambre y se calmará con el pecho, otras tendrá sueño o alguna incomodidad física, y otras veces, muchísimas veces, querrá simplemente estar en contacto con su mamá o con la persona que lo cuida, y una vez satisfecha esa necesidad, el bebé dejará de llorar. ¿Significa eso que es un malcriado? ¿Que nos manipula? Claro que no: ha obtenido lo que quería y ya no necesita llorar. Si en ese momento volvemos a poner al bebé en la cuna y enseguida rompe en llanto de nuevo, pues está clarísimo lo que quiere y lo que tenemos que hacer (buscarnos un buen portabebés  ).

Sin embargo habrá ocasiones en las que el bebé seguirá llorando hagamos lo que hagamos. Y en esos casos le cogemos en brazos y le brindamos nuestro cuerpo. Y ya está.

¿Hemos fracasado porque el bebé sigue llorando? Pues no, porque no se trata de eso. Desde luego, si esos episodios de llanto sin consuelo se repiten, lo más conveniente es consultar al pediatra para descartar una enfermedad. Mientras tanto, hacemos lo que debemos hacer: estar presentes. Le transmitimos a nuestro hijo el mensaje de que estamos allí, de que está protegido, de que nos importa, de que le amamos.

No dejar llorar a un bebé no significa darle el objeto peligroso que nos pide sólo para que deje de llorar. Significa explicarle que ese objeto puede hacerle daño, y comprender su frustración. Y seguir estando presentes.
A medida que el niño va creciendo irá queriendo hacer cosas que tal vez no son apropiadas o que son peligrosas. No cedemos en esos casos para que el niño no llore. No: le explicamos por qué no puede hacer lo que quiere, y, una vez más, le acompañamos en su rabia y frustración. Comprendemos sus sentimientos sin juzgar. Estamos allí.
¿Y si tenemos las manos ocupadas? ¿Y si estamos cocinando o atendiendo a otro niño, o vamos en el coche y no podemos parar? Pues para eso contamos con nuestra voz. Le explicamos por qué no podemos cogerlo en brazos, le decimos que estamos allí, le brindamos las palabras que el bebé aún no tiene para nombrar lo que siente.
Yo creo que es importante prestar atención a lo que el niño nos está pidiendo en realidad: satisfacer su curiosidad, o explorar su entorno, o atención. Entonces podemos darle la vuelta y tal vez, en lugar de entregarle la cajita de porcelana de la abuela, se la podemos mostrar en nuestras manos, o permitir que la toque bajo nuestra supervisión, por poner un ejemplo.
De lo que se trata es de darle importancia al llanto, sea cual sea la razón. De estar presentes y brindar consuelo. Exactamente igual que como nos gusta que nos traten a nosotros cuando lloramos. 
El mismo respeto.



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